lunes, 22 de abril de 2013

Decías que el amor podía con todo. Y pudo con nosotros.

Déjame decirte que yo sabía lo que querías decir cuando arrugabas la nariz. Cuando te mordías el labio y sin querer mirabas por la ventana. Cuando susurrabas en sueños... Déjame decirte que yo sabía qué estabas soñando. Sabía lo que querías decir si ponías los ojos en blanco, si ponías voz de idiota o rostro serio y ojos brillantes.
Me aprendí de memoria tus sonrisas... Hasta tal punto que a veces sonríamos a la vez y te juro que era la misma sonrisa. ¿Te acuerdas cuando ibamos por ahí diciendo que éramos uno?
Me sabía de memoria cada milímetro de tu espalda y los lunares que vivían en ella. Creo que aún podría dibujarlos si me das una sevilleta de papel y un bolígrafo que pinte bien. Sé el restaurante donde solíamos ir a cenar, los segundos que tardabas en decirme te quiero, y en venir a buscarme si me enfadaba.
No sé.
Recuérdame cómo la chica que se empeñaba en estudiarte mientras dormías, en aprenderte de memoria.
O al menos, recuérdame.
Cuando llegue otra a contarte los lunares, a asomarse en tu sonrisa, a acariciarte la frente y besarte la nariz. Cuando le des tiempo a la chica que menos lo merece para aprenderte y hacerse un hueco en tu cama. 
Recuérdame.


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